
«Que mirar un cuadro pueda hacernos sentir bien.»
Pintar empezó para mí cuando tenía ocho años, casi como empiezan las cosas que terminan siendo importantes: sin saber todavía hasta dónde nos van a llevar.
Un día cayó en mis manos una caja de acuarelas y descubrí un mundo que me atrapó. A los quince años, mi padre me llevó a trabajar a un taller, pintando ciervos y payasos. Allí entendí que aquello que había comenzado como una afición podía convertirse en una forma de vida.
Desde entonces, no he dejado de pintar.
Han pasado muchos años, muchos cuadros, muchas etapas y muchas horas frente al caballete. Estudié Bellas Artes, fui alumno y también profesor, y en ese camino descubrí a los artistas que todavía hoy me acompañan: el color de Matisse y Vlaminck, la maestría de Velázquez, la luz de Sorolla.
Pero, con el tiempo, comprendí que la pintura tenía que encontrar su propia voz.
La mía nace del color, de la luz y de una pincelada que busca transmitir algo sencillo: que mirar un cuadro pueda hacernos sentir bien.
Me gusta llamar a mi pintura un «expresionismo grato». No busco la oscuridad ni el dramatismo. Busco la alegría tranquila de un jardín, la luz entrando en un patio, el color de unas plantas, un rincón de mi propia casa. Lugares cotidianos que, cuando los miro con atención, dejan de ser cotidianos.
Muchas veces comienzo un cuadro sin saber exactamente dónde terminará. Aparecen unas manchas de color, después unas formas, y poco a poco la pintura empieza a hablar. Llega un momento en que es la propia obra la que me dice que ya está terminada.
Quizá por eso cada cuadro tiene algo de mí.
Guardo con especial cariño algunos de mis primeros óleos, pero también aquellos que nacen de mi casa, de mi patio o de lugares que forman parte de mi vida. Son pinturas que no solo representan un lugar: guardan un momento, una emoción, una manera de mirar.
He pintado mucho a lo largo de los años y espero seguir haciéndolo mucho más. Porque nunca he entendido la pintura únicamente como una profesión. Pinto porque lo necesito, porque es mi manera de expresarme y porque, después de tantos años, sigo encontrando algo nuevo delante de un lienzo en blanco.
Me emociona saber que mis cuadros han entrado en las casas de otras personas, que alguien los ha elegido para convivir con ellos, que una obra mía puede acompañar la vida cotidiana de alguien.
De niño tenía un pequeño sueño: dedicarme a pintar.
Hoy, después de tantos años, sigo teniendo el mismo.
Seguir pintando.
Seguir aprendiendo.
Seguir buscando la luz y el color.
Y, mientras pueda, seguir sentándome delante del caballete con aquella misma ilusión que comenzó con una caja de acuarelas.
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